Fuera de las palabras
“Gritaras, ignorando que yo ya te lloro.”
En
la cercanía de las palabras
tu
sombra se dibuja a la par de la mía,
de
reojo, cuando callas y te vas al olvido detrás de la puerta,
vuelvo
a recordarte, pidiéndote que respires todavía.
Tú
me miraste entre los negros olivares,
de
un devocionario deduje tu nostalgia,
parecías
salida de una estima
hace
largo tiempo en mi pecho contenida
que
esperaba de una mano semejante a un dios
para
dominar las cumbres del alma
una
conquista que invada toda memoria
con
el amor insurgente del perdón.
Cuando
tú ves que existo con mis ojos imperfectos,
y
entiendes que en mis ojos radica una parte de otra paz
mi
pecho abandona la adversidad del tiempo,
todo
lo que pueda ser ya ha sido en ti mejor.
Es
tu nombre más nuestro que el viento que penetra las avenidas,
no
dudo de que hayas abierto la noche
y
que de posibles hayas hecho robusto el día.
Es
tu nombre más nuestro que la tarde que nos debe aún la advertencia
antes
de que los caminos conocieran tu sentencia,
y
mi arrugada camisa conociera la sangre
dudaba
de las buenas intenciones de la lluvia.
Caminando
la viña familiar sometida al tiempo,
vendida
a bajo costo para coronar la ida,
solo
los muros caídos mienten que aún les pertenezco,
yo
les digo de lejos: gracias por la memoria,
ellos
me lloran decorando mi visita:
vuelva
seguido así no se olvida.
Quiero
estar fuera de las palabras,
Quiero
en tus ojos morirme de gloria,
y
por primera vez quiero hablar mi alma.
Exijo la moral necesaria para sostener
la bandera,
Exijo la entrega del cuerpo para llevarse
la palabra a la boca,
Yo vi la muerte comulgar con mis
hermanos.
Yo renegué de la violencia de mi amor,
y no me perdono no haber disparado.
Cien efectivos del ejército no harán
que tu pena sea su pena,
muere temprano que la noche es un arma
entrenada,
duerme tu gatillo en la amenaza de lo
que pasara,
no te entregues a la traición, mi
rostro es una flor riojana,
ante la duda no demuestres
arrepentimiento, dios te mira,
y yo te espero del otro lado de la
victoria.
Esta
era tu voz, no la mía, y así como morías te admiraba,
alejándote
clandestina, te reclamaba mía,
como
si de tu verdad emanara una contundente afirmación,
y
tú te replicabas una y mil veces en la tirada de los diarios,
era
tu boca un fuego apagado en tu sangre que teñía la acera.
Quiero
estar fuera de las palabras,
quiero
ser una geografía mas
de
los cerros agrestes de Catamarca,
y
dormitar en costumbres que no explican
la
razón de que mi voz,
no
conteste a las verdaderas preguntas.
Toda
palabra te busca,
a
veces la vista me miente,
cierro
los ojos, callo la bronca,
mis
manos aprietan tu luz celeste.
Si
tú me hieres es para alejar esta monotonía.
Si
tu me hieres es para brotar como santa de mi herida.
No
culpare a nadie del recorrido de tus ojos al otro lado de la vereda,
cuando
duermes la tristeza de los otros en tu rezo
yo
sé que una muerte lejana te da la mano.
Y
la virgen te mira con ternura desde su encierro de cristal,
si
tan solo advirtiera lo que no queremos escuchar,
nosotros
tercos seguiríamos ciegos el camino de las llamas.
Despacio,
ven, cose a tu mano la experiencia de las serpientes,
abre
la ventana, yo callare las desgracias de la tierra,
no
es mentira que la dulzura de tus ojos despierta vida nueva,
todas
tus miradas son una caricia para mi frente derrotada.
Si,
ven, el espacio somos nosotros, el tiempo ya no importa,
y
todo lo que queda es su pálida envoltura en mi rostro idiota.
Si
tu me hieres es para que el odio del mundo sea un beso de teatro,
afuera
están escuchando nuestro último escarnio,
entre
la risa y el espanto no tengo ninguna pregunta, yo te amo.
Rápido,
ya están apuntando al frente de la casa.
Rápido,
cierra la ventana, yo callare las injusticas de la guerra.
Mientras
la noche no se retire de nuestro cuarto
los
milagros aún están de nuestro lado.
Levanta
tu fusil, se nos escapa la primavera,
si
no disparas con certeza perderemos toda su hermosura,
tu
boca fuerte y la mirada resuelta aun encienden en la vigilia
tiernos
espacios de paz junto a tu familia al final de la balacera,
los
ves, y los saludas con la frente hecha plata,
y
si la fortuna te juega la truculenta trampa de la caída
harán
de tu sacrificio un símbolo más de nuestra resistencia.
Arriba
el fusil, tu mirada sigue alerta a la entrada.
Arriba
el fusil y no sangres hasta terminar tu tarea.
Arriba
el fusil, la democracia es una farsa.
Los
compañeros sangrantes cantan sus viejos lemas
mientras
bajan la cabeza para convencerse de no hablar.
Vete,
el sol aprieta nuestros ojos, nos llama a la muerte,
Vete,
no habrá otro fuego más hermoso que este.
Vete,
yo me iré donde la sombra siempre está presente,
Vete,
tu te iras donde la luna dejo su cariño penitente.
Vino
tu mano a la mía, generosa de elogios, prodigiosa en encantos,
sin
escándalo las botellas caían vacías
y
todo incordio era para la mañana de algún vecino,
no
tan feliz como nosotros que nos olvidamos del trabajo,
del
estudio, la familia, las fragilidades que por dentro te mataban.
No
había norias, pero olvidamos las liturgias de las viudas,
recitábamos
de memoria vulgaridades y nos moríamos de risa.
Aun
cantaba trasnochado un folklorista sentimental en la plaza
hendido
en las repeticiones conmovidas de su ebriedad
el
mensaje que sincero quise divino:
tú
y yo no hemos nacido para separarnos nunca.
La
noche era fuerte y tu mía, afirmándote sin decirlo,
imposible
era negarlo,
imposible
era conocerte de verdad,
porque
altura siempre tuvo tu árbol para evitar mi llegada,
parecía
que fuera burla lo que abundara con las aves que allí anidaban.
Era
tu mano que conquistaba la pulsión nerviosa de la mía,
era
tu mano la que abría con autoridad
las
profundas concavidades del corazón entusiasta
y
obtenía promesas con facilidad y bajo usura se cobraba mis ansias.
Escapando
a las imprecaciones de los vecinos
y
de una filosofía teologal angosta a tu libertad,
tú
me enseñabas lo que dolía el abandono familiar,
con
un libro apologético de la violencia quisiste que yo te siguiera
sabiendo
que mi locura se alimentaba de la tuya
para
abastecer el cementerio de reuniones innecesarias.
Era
tarde en Copacabana, tu no reconocías la luz,
la
luna era una ofrenda siniestra, y tú la ignorabas,
tu
escuchabas la acequia perdonando su ausencia,
ella
a nuestra morada invitada para oficiar de serena,
la
ausencia era la violencia para la que me preparabas,
si
la mañana te hubiera visto en tu naturaleza perfecta,
nocturna
hija de la ira y la lujuria, así te descubría un poeta.
En
un principio yo tome tu brazo para que no me lastimaras,
sabiendo
que tu palabra era más peligrosa que una espada,
en
una mirada resumiste tu rápida huida y tu ida entre las espinas
fue
la certeza de que por más que se quiera
personas
como nosotros no se quedan juntas.
Íbamos
los dos, encomiados por el otro, el nuestro, el otro, el mio,
a
nuestro designio de tradición caminábamos,
el
hijo que llevaría nuestro apellido descansaba en el futuro,
el
hijo que aprendería la rúbrica mal formulada por el ministerio
y
saldría a andar en bicicleta hasta entrada la madrugada.
Entonces
el camino de tierra bastaba para una realidad,
y
era la nuestra perfectamente compatible para verternos,
mientras
sonaba el rio tenue, toda la vida que estaba por venir.
Un
estudiante de La Rioja como hirsuto caudillo,
llegó
a nuestra vida revelándose Quiroga.
Aquel
era una convencida y enfermiza idea,
el
frente popular debía hacerse con el poder por la vía armada,
y
tú que tanto tiempo anhelabas ser víctima odiosa de una historia,
que
se remontaba a los federales de Peñaloza, Varela,
a
los anarquistas de Rosario, algunos idos a Montevideo,
y
tu siniestra familia que encontró una sombra en Chilecito
se
desarmaba nuevamente en la rebeldía de una utopía,
que te llevaba a los brazos de símbolos de violencia premeditada.
Esquivando
cardos, espinas,
alegres
flores fúnebres de plástico,
me
pregunto lo que rompiendo la sonrisa va.
Son
las fracturas del sol en las fotos,
es
la edad del amor marchito.
Si,
la familia se reúne, en silencio.
Por
pétreas iglesias de cordillera
apenas
un signo primitivo nos hace falta,
y
el contenido no necesita otra cosa
que
voluntad de apertura para hacerse materia.
Pienso,
como piensan los enfermos,
que
la vida hace lo que quiere
y
un segundo de vida conmocionada
es
más fuerte que toda la historia de la muerte.
No
hizo falta tortura, yo dije tu nombre.
Me
fui caminando habiéndome dejado olvidado
en
una silla toda la salvación del cielo.
Quisiera
haberte acompañado en una última oscuridad,
me
dominó el miedo, me abrió la puerta de salida el diablo.
Es
tarde en la noche, apenas puedo andar,
una
jauría salvaje deshará mi soledad,
escucha
como se viene triste
mi
feliz sonrisa del alma.
Ella
me ha predicho sin saberlo entonces,
“A puertas cerradas: el hacedor de mi
alba,
de cara al sol: el verdugo de mi aciaga
soledad.”
El desierto es una parte de la mente
ruda
que nace cielos para cosechar
horizontes.
Es un llanto sin desgracias la acequia
que me llevara de alguna forma frente a
tu puerta.
Fuera
de las palabras
no
tendrás más opción que abrazarme o golpearme
para
que no te confiese
lo
que ya nos separa.

Comentarios
Publicar un comentario